PLEBERIO.— (Sobre el cadáver de Melibea). ¡Oh mi hija despedazada!... ¿Para quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí honras? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién fabriqué navíos?...
ALISA.— ¡Hija mía, mi bien todo, mi consuelo! ¿Por qué me dejaste sola en este valle de lágrimas?
PLEBERIO.— ¡Oh amor, amor! ¡No pensé que tenías fuerza ni poder de matar a tus sujetos! Robas las haciendas, destruyes las honras, abrasas los cuerpos...
PLEBERIO.— ¡Oh mundo, mundo!... Me pareces un laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro...
PLEBERIO.— Cargásteme de bienes para darme este amargo pago. ¡Oh vida trabajosa, llena de desdichas!
PLEBERIO.— ¿Por qué no me llevaste a mí primero?... ¡Del mundo me quejo, porque en él me crié!
PLEBERIO.— ¡Oh mi compañera buena, alza tus ojos y mira nuestro desconsuelo!... ¿Para quién trabajamos?... ¡Sola me dejas, inmérita y desdichada!
PLEBERIO.— ¡Dios te perdone, hija mía!... ¡Oh gentes que oís mi dolor, acompañad mi llanto!... ¡Inconsolable es mi vejez en esta desamparada soledad!