LÁZARO.— Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro...
EL CIEGO.— —Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro de él.
LÁZARO.— Yo simplemente llegué, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano...
LÁZARO.— Y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada...
EL CIEGO.— —Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo. Y rió mucho la burla.
LÁZARO.— Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba...
LÁZARO.— Dije entre mí: «Verdad dice este, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer».
LÁZARO.— Comencé a buscar los pasos y mañas para pasar la vida con aquel amo ciego y despiadado.
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«El fragmento seleccionado pertenece al Tratado I de la Vida de Lazarillo de Tormes y recoge el célebre episodio del toro de piedra en el puente de Salamanca, pasaje fundacional que marca la génesis del héroe picaresco. Mediante una prosa de admirable concisión y naturalidad renacentista, el narrador adulto evoca el rito de paso que canceló abruptamente su infancia inocente. La brutal agresión física del ciego no se formula como un mero acto de crueldad gratuita, sino como una revelación pedagógica iniciática: la sentencia del amo (“Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo”) opera en el protagonista una transformación ontológica expresada mediante la metáfora del despertar del sueño infantil. Al constatar su soledad radical en un medio hostil (“pues solo soy”), Lázaro asume la ley inexorable del engaño y la desconfianza como única vía de subsistencia, prefigurando el itinerario de claudicaciones éticas que culminará en la cínica justificación del adulterio en el Tratado VII».