DON QUIJOTE.— La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre...
DON QUIJOTE.— Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.
DON QUIJOTE.— Dígolo, Sancho, porque bien has visto el regalo y la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido...
DON QUIJOTE.— Y, con todo aquello, me parecía a mí que me ahogaba entre las estrecheces de la privación...
DON QUIJOTE.— Porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas son ataduras que no dejan pasear al ánimo libre.
DON QUIJOTE.— ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!...
SANCHO.— Con todo eso que vuestra merced ha dicho, no nos estuvo mal el pellejo de vino y los dineros que nos dio el mayordomo.
DON QUIJOTE.— Cada cual mira por su interés, Sancho; mas el ánimo noble prefiere la intemperie libre al palacio encadenado.
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«El pasaje propuesto pertenece al capítulo LVIII de la Segunda Parte de Don Quijote de la Mancha y recoge la célebre apología de la libertad pronunciada por el caballero tras abandonar los dominios de los Duques. Mediante una prosa reposada de cadencia humanística y resonancias ciceronianas, Cervantes formula uno de los pilares éticos de su cosmovisión: la libertad como el don supremo concedido por el Creador al ser humano, por encima de cualquier riqueza material. El texto contrapone la servidumbre psicológica inherente a los favores aristocráticos (“las obligaciones de las recompensas son ataduras”) a la austera dignidad del camino abierto. Esta reflexión cobra una hondura singular a la luz de la peripecia biográfica del propio autor, cuya experiencia del cautiverio en Argel ilumina el rechazo a toda sumisión. El contraste dialogal con el pragmatismo material de Sancho no debilita la sentencia, sino que enriquece la polifonía cervantina, consagrando la soberanía moral del individuo frente a las comodidades alienantes del poder».