LAURENCIA.— (Desmelenada y rota la ropa). ¡Dejadme entrar, que bien puedo, en consejo de los hombres!...
ESTEBAN.— ¡Hija mía!
LAURENCIA.— ¡No me nombres tu hija! ¿Qué dagas no vi en mi pecho? ¿Qué desatinos, qué ultrajes, qué palabras, qué prisiones?...
LAURENCIA.— ¿Vosotros sois hombres nobles? ¿Vosotros padres y deudos? ¿Vosotros que las entrañas de dolor no se os arrancan?...
LAURENCIA.— Ovejas sois, bien lo dice de Fuenteovejuna el nombre. ¡Dadme unas armas a mí, pues sois piedras, pues sois bronces!...
LAURENCIA.— ¡Liebres cobardes nacistes; bárbaros sois, no españoles; gallinas, que a vuestras mujeres sufrís que con tales nombres os llamen!...
ESTEBAN.— ¡Yo, hija, no soy de aquellos que oyen afrentas y sufren! ¡Muera el traidor Comendador!
TODOS.— ¡Mueran traidores tiranos! ¡Vivan los reyes Fernando e Isabel, y mueran los traidores!
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«El pasaje seleccionado pertenece al Acto III de Fuenteovejuna de Lope de Vega y recoge la monumental arenga de Laurencia ante el consejo municipal, momento cumbre de la dramaturgia áurea que precipita la catarsis colectiva y el tiranicidio. La entrada escénica del personaje —desmelenada y con las ropas desgarradas tras escapar del secuestro— transforma su figura física en denuncia viva del quebranto de la ley. Mediante una violentísima batería de apóstrofes e improperios que degradan a los hombres a animales pusilánimes (“ovejas sois”, “liebres cobardes”, “gallinas”), Laurencia pulveriza la pasividad conformista de las autoridades locales. La retórica lopesca brilla al invertir los roles de género tradicionales: la doncella despojada de su honra asume la voz viril de la acción y reclama las armas, despertando la cólera heroica de su padre y de los vecinos. Este parlamento no desemboca en un motín anárquico, sino en una insurrección legitimada moralmente por la defensa del honor campesino y sellada con la aclamación de los Reyes Católicos como garantes supremos de la justicia».