DON JUAN.— ¿Crees que me causa temor una sombra de piedra? ¡Dame la mano, que no temo a los muertos ni a los vivos!
DON GONZALO.— Dame esa mano en señal de que cumplirás tu palabra de caballero.
DON JUAN.— Toma. (Le da la mano). ¡Ay, Dios! ¡Que me abraso! ¡Fuego parece que me das con la mano!...
DON GONZALO.— Este es el fuego de Dios, que te castiga en la hora postrera. No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague.
DON JUAN.— ¡No me aprietes tanto! ¡Con la daga he de matarte! (Tira de la espada). Mas ¡ay, que tiro golpes al aire!...
DON JUAN.— ¡Deja que llame quien me confiese y absuelva!... ¡Un momento de confesión!...
DON GONZALO.— No hay lugar; ya estás pensando muy tarde. Quien tal hizo, que tal pague. (Húndese el sepulcro con gran ruido).
DON JUAN.— ¡Que me quemo! ¡Que me abraso! ¡Muerto soy!... (Cae muerto en el fuego).
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«El fragmento seleccionado corresponde al desenlace trágico de la Jornada III de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina y recoge el momento capital de la literatura universal donde Don Juan recibe el castigo sobrenatural a manos del Convidado de Piedra. La escena culmina la tesis teológica que vertebra la dramaturgia tirsiana: la demolición de la soberbia humana frente a la justicia inexorable de Dios. El diálogo, de una concisión y dramatismo sobrecogedores, escenifica la quiebra del lema vital del protagonista (“¡Tan largo me lo fiais!”): al estrechar la mano de piedra de don Gonzalo, el fuego infernal anticipa la condenación eterna del pecador. La maestría del dramaturgo mercedario resalta en la desesperada y tardía petición de auxilio espiritual formulada por Don Juan (“¡Deja que llame quien me confiese!”), tajantemente rechazada por la estatua (“No hay lugar; ya estás pensando muy tarde”). Tirso clausura el drama con una rigurosa advertencia moral contra el pecado de presunción: la misericordia divina no puede ser objeto de especulación humana, y la muerte repentina sella el destino eterno sin admitir enmiendas de última hora».