DON ÁLVARO.— Busca, imbécil, al P. Rafael... Yo soy un enviado del infierno, soy el demonio exterminador... Huid, miserables.
TODOS.— ¡Jesús, Jesús!
DON ÁLVARO.— Infierno, abre tu boca y trágame. Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción...
(Sube a lo más alto del monte y se precipita).
P. GUARDIÁN.— (Aterrados y en actitudes diversas). ¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!
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«El fragmento seleccionado clausura la Jornada V de Don Álvaro o la fuerza del sino (1835) del Duque de Rivas, constituyendo el manifiesto definitivo de la catarsis trágica romántica en las tablas españolas. Tras presenciar el asesinato de doña Leonor a manos de su propio hermano moribundo, don Álvaro experimenta la aniquilación de toda esperanza terrenal y trascendente. La entrada de los frailes entonando el Miserere subraya el choque violento entre la piedad cristiana institucional y la desesperación cósmica del héroe. Mediante oraciones imperativas de cólera apocalíptica (“húndase el cielo, perezca la raza humana”), Álvaro rechaza la identidad pacífica de fray Rafael y abraza su condición de paria cósmico autodenominándose “demonio exterminador”. Su salto al vacío desde el peñasco no es un acto de debilidad, sino la suprema afirmación de rebeldía titánica ante un destino ciego e inmisericorde que ha convertido en sangre todos sus impulsos de bondad. La invocación final de los monjes implorando misericordia deja flotando un sobrecogedor vacío existencial que consagra la pieza como hito absoluto de nuestra escena».