POETA.— No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada.
POETA.— En mis manos levanto una tormenta de piedras, rayos y hachas estridentes sedienta de catástrofes y hambrienta.
POETA.— Quiero escarbar la tierra con los dientes, quiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes.
POETA.— Quiero minar la tierra hasta encontrarte y besarte la noble calavera y desamordazarte y regresarte.
POETA.— Volverás a mi huerto y a mi higuera: por los altos andamios de las flores pajareará tu alma colmenera...
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«El fragmento seleccionado recoge el núcleo culminante de la Elegía a Ramón Sijé (1936) de Miguel Hernández, consagrada unánimemente como una de las cumbres elegíacas de la poesía universal junto a las Coplas de Jorge Manrique y el Llanto de Lorca. Tras conocer la muerte repentina de su entrañable hermano del alma, Hernández no recurre a la resignación cristiana complaciente, sino que canaliza su dolor mediante un estallido de cólera prometeica. La triple anáfora “No perdono a la muerte enamorada / no perdono a la vida desatenta / no perdono a la tierra ni a la nada” desafía el orden cósmico en un crescendo de desesperación telúrica. La retórica hernandiana alcanza cotas de salvaje carnalidad al formular el deseo de escarbar la fosa con los propios dientes para devolver la vida al amigo muerto, conjugando la aspereza quevediana con una sobrecogedora piedad íntima (“besarte la noble calavera”). Finalmente, este arrebato de ira se apacigua en los tercetos posteriores mediante una reconciliación panteísta: el alma de Sijé renacerá transfigurada en el huerto y la higuera alicantinos, consagrando la victoria del amor y la poesía sobre el silencio del sepulcro».