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Ediciones Galatea
Cubierta de Artículos selectos, de Mariano José de Larra, en Ediciones Galatea

BH-047

Artículos selectos

Mariano José de Larra (1809–1837)

Columnas de opinión que siguen escociendo casi dos siglos después. «Vuelva usted mañana».

Notas
70
Estudio preliminar
6.521 palabras
Páginas
328
Época
Romanticismo
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Un fragmento tal como aparece en el libro. Las notas resuelven el vocabulario, la historia y las fuentes; pulsa un número para leer la nota entera.

Artículos selectos ¿Entre qué gentes estamos?

—Pues ahora no se le despacha a usted; vuelva usted mañana.

—¿Volver?

—Vuelva usted, y calle usted. Vaya usted con Dios.

Yo no me atrevía a mirar a la cara a mi amigo.

—¿Quién es ese señor tan altanero—me dijo al bajar la escalera—y tan

fino, y tan?... ¿Es algún príncipe?

—Es un escribiente que se cree la justicia y el primer personaje de la

Nación: como está empleado, se cree dispensado de tener crianza.

—Aquí tiene todo el mundo esos mismos modales, según voy viendo.

—¡Oh! no; es casualidad.

—_C'est drôle_—iba diciendo mi amigo, y yo:

—¿Entre qué gentes estamos?

Mi amigo quería hacerse un pantalón, y le llevé a casa de mi sastre.

Esta era más negra: mi sastre es hombre que me recibe con sombrero

puesto, que me alarga la mano y me la aprieta; me suele dar dos

palmaditas o tres, más bien más que menos, cada vez que me ve; me llama

simplemente por mi apellido, a veces por mi nombre como un antiguo

amigo; otro tanto hace con todos sus parroquianos, y no me tutea, no sé

por qué: eso tengo que agradecerle todavía. Mi francés nos miraba a los

dos alternativamente, mi sastre se reía; yo mudaba de colores, pero

estoy seguro que mi amigo salió creyendo que en España todos los

caballeros son sastres o todos los sastres son caballeros. Por supuesto

que el maestro no se descubrió, no se movió de su asiento, no hizo gran

caso de nosotros, nos hizo esperar todo lo que pudo, se empeñó en

regalarnos un cigarro y en dárnoslo encendido él mismo de su boca;

¡cuántas groserías, en fin, suelen llamarse franquezas entre ciertas

gentes! Era por la mañana: la fatiga y el calor nos habían dado sed:

entramos en un café y pedimos sorbetes.

—¡Sorbetes por la mañana!—dijo un mozo con voz brutal y gesto de

burla. ¡Que si quieres!

—¡Bravo!—dije para mí.—¿No presumía yo que el día había empezado

bien? Pues traiga usted dos vasos pequeños de limón...

—¡Vaya, hombre! anímese usted; tómelos usted grandes—nos dijo entonces

el mozo con singular franqueza,—si tiene usted cara de sed.

—Y usted tiene cara de morir de un silletazo—repuse yo ya

incomodado;—sirva usted con respeto, calle, y no se chancee con las

personas que no conoce, y que están muy lejos de ser sus iguales.

Entretanto que esto pasaba con nosotros, en un billar contiguo, diez o

doce señoritos de muy buenas familias, jugaban al billar con el mozo de

éste, que estaba en mangas de camisa, que tuteaba a uno, que sobaba a

otro, insultaba al de más allá, y se hombreaba con todos: todos eran

unos.

—¿Entre qué gentes estamos?—repetía yo con admiración.

—_C'est drôle!_—repetía el francés.

—¿Es posible que nadie sepa aquí ocupar su puesto? ¿Hay tal confusión

de clases y personas? ¿Para qué cansarme en enumerar los demás casos de

este género que en aquel bendito día nos sucedieron? Recapitule el

lector cuántos de éstos le suceden al día y le están sucediendo siempre,

y esos mismos nos sucedieron a nosotros. Hable usted con tres amigos en

una mesa de café: no tardará mucho en arrimarse alguno que nadie del

corro conozca, y con toda franqueza meterá su baza en la conversación.

Vaya usted a comer a una fonda, y cuente usted con el mozo que ha de

servirle como pudiera usted contar con un comensal. El le bordará a

usted la comida con chanzas groseras; él le hará a usted preguntas

fraternales y amistosas... él... Vaya usted a una tienda a pedir algo.

—¿Tiene usted tal cosa?

—No, señor; aquí no hay.

—¿Y sabe usted dónde la encontraría?

—¡Toma! ¡qué sé yo! Búsquela usted. Aquí no hay.

—¿Se puede ver al señor de tal?—dice usted en una oficina.

Y aquí es peor, pues ni siquiera contestan no: ¿ha entrado usted? como

si hubiera entrado un perro. ¿Va usted a ver un establecimiento público?

Vea usted qué caras, qué voz, qué expresiones, qué respuestas, qué

grosería. Sea usted Grande de España; lleve usted un cigarro encendido.

No habrá aguador ni carbonero que no le pida la lumbre, y le detenga en

la calle, y le manosee y empuerque su tabaco, y se le vuelva apagado.

¿Tiene usted criados? Haga usted cuenta que mantiene unos cuantos

amigos; ellos llaman por su apellido seco y desnudo a todos los que lo

sean de usted, hablan cuando habla usted, y hablan ellos... ¡Señor,

señor! ¿entre qué gentes estamos? ¿Qué orgullo es el que impide a las

clases ínfimas de nuestra sociedad acabar de reconocer el puesto que en

el trato han de ocupar? ¿Qué trueque es éste de ideas y de costumbres?

Mi francés había hecho todas estas observaciones, pero no había hecho la

principal; faltábale observar que nuestro país es el país de las

anomalías; así que, al concluirse el día:—Amigo—me dijo,—yo he

viajado mucho; ni en Europa, ni en América, ni en parte alguna del

mundo, he visto menos aristocracia en el trato de los hombres; este es

el país adonde yo me vendría a vivir; aquí todos los hombres son unos;

se cree estar en la antigua Roma. En llegando a París voy a publicar un

opúsculo en que pruebe que la España es el país más dispuesto a

recibir...

—Alto ahí, señor observador de un día—dije a mi extranjero

interrumpiéndole;—adivino la idea de usted. Las observaciones que ha

hecho usted hoy son ciertas; la observación general, empero, que de

ellas deduce usted, es falsa; esa es una anomalía como otras muchas que

nos rodean y que sólo se podrían explicar entrando en pormenores que no

son del momento; éste es, desgraciadamente, el país menos dispuesto a lo

que usted cree, por más que le parezcan a usted todos unos. No confunda

usted la debilidad de la senectud con la de la niñez: ambas son

debilidad; las causas son, no obstante, diferentes; esa franqueza, esa

aparente confusión y nivelamiento extraordinario, no es el de una

sociedad que acaba, es el de una sociedad que empieza, porque yo llamo

empezar...

—¡Oh! sí, sí, entiendo. _¡C'est drôle! ¡C'est drôle!_—repetía mi

francés.

—Ahí verá usted—repetía yo—entre qué gentes estamos.

Las casas nuevas

«La constancia es el recurso de los feos—dice la célebre Ninón de

LenclosNinón de Lenclos Célebre cortesana, escritora y mecenas francesa del siglo XVII (1620–1705), famosa por su salón parisino, su independencia de espíritu y su correspondencia galante y filosófica, citada por Larra como modelo de ingenio y conocimiento de las pasiones humanas. en sus lindas cartas al marqués de Sevigné;—las personas de

mérito, que saben que por donde quiera han de encontrar ojos que se

prenden de ellas, no se curan de conservar la prenda conquistada; los

feos, los necios, los que viven seguros de que difícilmente podrán

encontrar quien llene el vacío de su corazón, se adhieren al amor que

una vez por acaso encontraron, como las ostras a las peñas que en el mar

las sostienen y alimentan.

»Estos son generalmente los que, temerosos de perder el bien, que

conocen no merecer, preconizan la constancia, la erigen en virtud y

hacen con ella el tormento de una vida que deben llenar la variedad y la

sucesión de sensaciones tan vivas como diferentes.»

Aquella máxima de coqueta, al parecer ligera, si no es siempre cierta,

porque no a todos les es dado el poder ser inconstantes, es sin embargo

profunda y filosófica, y aun puede, fuera del amor, encontrar más de una

exacta aplicación. Pero mi propósito no es hundirme en consideraciones

metafísicas acerca del amor; tengamos lástima al que le ha dejado tomar

incremento en su corazón, y pasemos como sobre ascuas sobre tan

quisquilloso argumento. El hecho es que no tenía yo la edad todavía de

querer ni de ser querido, cuando entre otras varias obras francesas que

en mis manos cayeron, hacía ya un papel muy principal la de la famosa

cortesana citada. Chocome aquella máxima, y fuese pueril vanidad, fuese

temor de que por apocado me tuviesen, adoptela por regla general de mis

aficiones. Tuve que luchar en un principio con la costumbre, que es en

el hombre hija de la pereza y madre de la constancia. El hombre,

efectivamente, se contenta muchas veces con las cosas tales cuales las

encuentra, por no darse a buscar otras, como se figura acaso difícil

encontrarlas; una vez resignado por pereza, se aficiona por costumbre a

lo que tiene y le rodea; y una vez acostumbrado, tiene la bondad de

llamar constancia a lo que es en él casi naturaleza. Pero yo luché y al

cabo de poco tiempo de ese empeño de cerrar mi corazón a las aficiones

que pudieran llegar a dominarle, agregado esto a la necesidad de viajar

y variar de objetos, en que las revoluciones del principio del siglo

habían puesto a mi familia, lograron hacer de mí el ser más veleidoso

que ha nacido. Pesándome de ver a las mismas gentes todos los días, no

hay amigo que me dure una semana; no hay tertulia adonde pueda concurrir

un mes entero; no hay hermosa que me lo parezca todos los días, ni fea

que no me encante una vez siquiera al mes; esto me hace disfrutar de

inmensas ventajas, porque sólo se puede soportar a las gentes los quince

primeros días que se las conoce. ¡Qué de atenciones en ellas! ¡Qué de

sinceros ofrecimientos! ¿Pasaron aquéllos? ¿Se intimó la amistad?

¡Adiós! como ya de cualquier modo tienen cumplido con usted, todos son

desaires, todas crudas y ácidas respuestas. Pesándome comer siempre los

mismos alimentos, hoy como a la francesa, mañana a la inglesa, un día

ceno y otro meriendo; ni tengo horas fijas ni hago comida con concierto.

Y esto tiene la ventaja de predisponerme para el cólera. Pesándome

hablar siempre en español, tengo amigos franceses sólo para hablar en

francés una hora al día; me trato con los operistas para hablar una vez

a la semana en italiano; aprendí griego por conocer una lengua que no

habla nadie; y sufro las impertinencias de un inglés a quien trato, por

darme a entender en el idioma en que decía Carlos V que hablaría a los

pájaros. Pesándome de que me llamen todos los días, desde el año 9 en

que nací, por el mismo apellido, cien veces dejé aquél con que vine al

mundo, y ora fui el _Duende satírico_, ora el _Pobrecito hablador_, ora

el _Bachiller Munguía_, ora _Andrés Nipresas_, ora _Fígaro_, ora... y

qué sé yo los muchos nombres que me quedarán aún que tomar en los muchos

años que, Dios mediante, tengo hecho propósito de vivir en este bajo

suelo; porque si alguna cosa hay que no me canse es el vivir; y si he de

decir la verdad, consiste esto en que a fuerza de meditar he venido a

conocer que sólo viviendo podré seguir variando. Por último, y vengamos

al asunto, pesándome de vivir todos los días en una misma casa, la vista

de un cuarto desalquilado hace en mi ánimo el mismo efecto que produce

la picadura del pez en el corazón del anhelante pescador que le tiende

el cebo. Corro a mi casa, pongo en movimiento a mi familia, hágome la

ilusión de que emprendo un viaje, y de cuartel en cuartel, de calle en

calle, de manzana y hasta de piso en piso, recorro alegremente y

reconozco los más recónditos escondrijos y rincones de esta populosa

ciudad. Si la casa es grande: «¡Qué hermosura!—exclamo;—esto es vivir

con desahogo, esto es lujo y magnificencia.» Si es chica: «Gracias a

Dios—me digo,—que salí de esos eternos caserones que nunca bastan

muebles para ellos; ésta es a lo menos recogida, reducida, propia, en

fin, del hombre tan reducido también y limitado.» Si es cuarto bajo: «No

tiene escalera, digo y el hombre no ha nacido para vivir en las

estrellas.» Si es alto el piso: «¡Bendito sea Dios, qué claridad, qué

ventilación y qué pureza de aires!» Si es caro: «¿Qué importa? lo

primero es tener buena habitación.» Si es barato: «Mejor; con eso

emplearé en galas lo que había de invertir en mi vivienda.»

Nadie, pues, más feliz que yo, porque en cuanto a las habladurías y

murmuraciones del mundo perecedero, así me cuido de ellas como de ir a

la Meca. Pero es el caso que tengo un amigo que es de esos hombres que

se dejan impresionar fácilmente por la última persona que oyen, de esos

caracteres débiles, flojos, apáticos, irresolutos, de reata, en fin, que

componen el mayor número en este mundo, que nacieron, por consiguiente,

para obedecer, callar y ser constantemente víctimas, y cuya debilidad es

la más firme columna de los fuertes.

Oyome este amigo las reflexiones que anteceden, y vean ustedes a mi

hombre descontento ya con cuanto le rodea; ya que no lo puede mudar

todo, quiere cuando menos mudar de casa, y hétele buscando conmigo

papeles en los balcones de barrio en barrio, porque ésta es muy de

antiguo la señal que distingue las habitaciones alquilables de esta

capital, sin que yo haya podido dar hasta ahora con el origen de esta

conocida costumbre, ni menos con la de poner los papeles en las esquinas

de los balcones cuando la casa es sólo alquilable para huéspedes.

Las casas antiguas, dijimos, que van desapareciendo de Madrid

rapidísimamente, están reducidas a una o dos enormes piezas y muchos

callejones interminables; son demasiado grandes; son obscuras por lo

general a causa de su mala repartición y combinación de entradas,

salidas, puertas y ventanas.

Dirigímonos, pues, a ver las casas nuevas; esas que surgen de la noche a

la mañana por todas las calles de Madrid; esas que tienen más balcones

que ladrillos y más pisos que balcones; esas por medio de las cuales se

agrupa la población de esta coronada villa, se apiña, se sobrepone y se

aleja de Madrid, no por las puertas, sino por arriba, como se marcha el

chocolate de una chocolatera olvidada sobre las brasas. La población que

se va colocando sobre los límites que encerraron a nuestros abuelos, me

hace el efecto del helado que se eleva fuera de la copa de los sorbetes.

El caso es el mismo: la copa es pequeña y el contenido mucho.

Muchas casas muy lindas vimos. Mi amigo observó, con razón, que se sigue

en todas el método antiguo de construcción: sala, gabinete y alcoba

pegada a cualquiera de estas dos piezas; y siempre en la misma cocina,

donde se preparan los manjares, colocado inoportuna y puercamente el

sitio más desaseado de la casa. ¿No pudiera darse otra forma de

construcción a las casas, de suerte que este sitio quedase separado de

la vivienda, como en otros países lo hemos visto constantemente

observado? ¿No pudieran llegarse a desusar esos vidrios horribles,

desiguales, pequeños, unidos por plomos, generalmente invertidos en las

vidrieras? ¿No se les podrían substituir vidrios de mejor calidad, de

más tamaño, y unidos entre sí con sutiles listones de madera, que harían

siempre mejor efecto a la vista y darían más entrada a la luz? ¿No

convendría desterrar esas pesadas maderas que cierran los balcones,

llenas de inútiles rebajos y costosas labores, sustituyéndoles

puertas-ventanas de hojas más delgadas y lisas? ¿No pudiera

introducirse el uso de las comodísimas chimeneas para las casas, sobre

todo más espaciosas, como se hallan adoptadas en toda Europa? ¿Tanto

perderíamos en olvidar los mezquinos y miserables braseros que nos

abrasan las piernas, dejándonos frío el cuerpo y atufándonos con el

pestífero carbón, y que son restos de los zahumadores orientales

introducidos en nuestro país por los moros? ¿Qué mal haríamos en

desterrar los canalones salientes, cuyo objeto parece ser el de reunir

sobre el pobre transeúnte, además del agua que debía naturalmente caerle

del cielo, toda la que no debía caerle, y en substituirles los conductos

vertederos semejantes a los de correos, pegados a la pared?

Los caseros, más que al interés público, consultan el suyo propio:

aprovechemos terreno; ése es su principio: apiñemos gente en estas

diligencias paradas, y vivan todos como de viaje; cada habitación es en

el día un baúl en que están las personas empaquetadas de pie, y las

cosas en la posición que requiere su naturaleza; tan apretado está todo,

que en caso de apuro todo podría viajar junto sin romperse. Las

escaleras son cerbatanas, por donde pasa la persona como la culebra que

se roza entre dos piedras para soltar su piel. Un poco más de hombre o

un poco menos de escalera, y serán una sola cosa hombre y escalera.

Pero sigamos la historia de mi amigo. No bien hubo visto la blancura de

una de las casas nuevas, la monería de las acomodadas piececitas, el

estado de novedad de las habitaciones del piso tercero, alborózase, y:

—¡Este cuarto es mío!—exclama.

—Pero acabemos de ver.

—Nada, inútil, quiero casa nueva, casa nueva; no hay remedio.

De allá a media hora estábamos ya en casa del caserocasero El propietario o arrendador de inmuebles urbanos en el Madrid decimonónico, blanco habitual de las sátiras de costumbres por el cobro inflexible de alquileres desmedidos, la exigencia abusiva de avales y la negligencia absoluta respecto al mantenimiento y salubridad de las fincas.. Inútil es decir

  1. 10 I Ninón de Lenclos Célebre cortesana, escritora y mecenas francesa del siglo XVII (1620–1705), famosa por su salón parisino, su…
  2. 11 H casero El propietario o arrendador de inmuebles urbanos en el Madrid decimonónico, blanco habitual de las sátiras de…

Qué trae esta edición

Fijación filológica sobre las entregas originales en la prensa periódica histórica (El Pobrecito Hablador, La Revista Española, El Español) y la Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres (Madrid: Repullés, 1835–1837).

  • Estudio preliminar de 6.521 palabras en cinco partes: transmisión del texto, autor y época, temas, forma y lengua.
  • 70 notas a pie de página: 21 de vocabulario, 24 de historia y costumbres, 5 sobre el texto y 20 sobre fuentes y ecos literarios.
  • Nota biográfica, criterios de edición y bibliografía actualizada en formato APA.
  • Cuaderno didáctico gratuito para clase y para preparar la PAU.

El cuaderno didáctico

Cuatro páginas con lo esencial de Artículos selectos, preguntas de examen con pautas de respuesta y un comentario resuelto, para ESO, Bachillerato y la PAU. Gratis, en la web o en PDF para imprimir.

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