SEGISMUNDO.— (En la torre, con cadenas y vestido de pieles). ¡Ay mísero de mí, y ay infelice! Apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo...
SEGISMUNDO.— Aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido; bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor, pues el delito mayor del hombre es haber nacido...
SEGISMUNDO.— Nace el ave, y con las galas que le dan belleza suma, apenas es flor de pluma o ramillete con alas, cuando las etéreas salas corta con velocidad...
SEGISMUNDO.— Nace el bruto, y con la piel que dibujan manchas bellas, apenas signo es de estrellas... cuando atrevido y cruel la humana necesidad le enseña a tener crueldad...
SEGISMUNDO.— Nace el pez, que no respira, aborto de ovas y lamas... y gira por el piélago inmenso...
SEGISMUNDO.— Nace el arroyo, culebra que entre flores se desata... y libre surca la vega...
SEGISMUNDO.— ¡Y teniendo yo más alma, tengo menos libertad!
SEGISMUNDO.— ¡Y yo, con más albedrío, tengo menos libertad! ¿Qué ley, justicia o razón negar a los hombres sabe privilegio tan süave, excepción tan principal, que Dios le ha dado a un cristal, a un pez, a un bruto y a un ave?
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«El pasaje propuesto pertenece a la Jornada I de La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca y recoge el inmortal monólogo inicial de Segismundo encadenado en su torre, cumbre poética y filosófica del teatro barroco universal. Construido mediante un riguroso esquema silogístico de raigambre escolástica, el texto articula una queja metafísica contra la privación de la libertad humana. Calderón orquesta una deslumbrante progresión de décimas espinelas que recorren los cuatro reinos de la naturaleza mediante una correlación cuatripartita de deslumbrante belleza lírica: el ave en el aire (“ramillete con alas”), la fiera en la tierra, el pez en el agua y el arroyo que surca la vega. El núcleo dramático estalla en el estribillo paradójico que clausura cada estrofa: si los seres irracionales e inanimados disfrutan de movimiento y espacio, ¿por qué el hombre, criatura suprema dotada de alma y razón, padece una prisión salvaje? La queja enlaza el dogma del pecado original (“el delito mayor del hombre es haber nacido”) con la rebelión existencial del individuo contra la tiranía arbitraria del destino, sentando las bases morales de la futura victoria del libre albedrío».