NARRADOR.— Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada... Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia...
NARRADOR.— ...y por gozar un placer extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.
NARRADOR.— Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas.
ANA OZORES.— (Despertando en soledad en el pavimento frío). ¡Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo!
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«El pasaje citado clausura magistralmente La Regenta (1885) de Leopoldo Alas “Clarín”, consumando uno de los finales más implacables y desoladores de la narrativa universal. Tras la muerte de su esposo en duelo y la cobarde huida de su amante Álvaro Mesía, Ana Ozores se halla desterrada del cuerpo social de Vetusta, que la castiga con un aislamiento despiadado. En su desesperación, la protagonista busca el refugio sagrado de la catedral para impetrar el perdón del Magistral; no obstante, don Fermín de Pas, incapaz de sublimar su rencor y su soberbia herida, la rechaza con una mirada de condena homicida que provoca el desvanecimiento de la dama. Es en este instante de absoluta indefensión cuando irrumpe Celedonio, el acólito afeminado y perverso, quien se atreve a estampar en los labios de la Regenta un beso sacrílego y lascivo. La identificación que Ana experimenta al despertar —creyendo sentir sobre su boca “el vientre viscoso y frío de un sapo”— constituye el símbolo supremo del naturalismo clariniano: la transfiguración de la belleza idealista en materia infecta y degradada. Con esta imagen de náusea y repugnancia física, Clarín sella la victoria total de la mediocridad opresiva de Vetusta sobre el alma noble y atormentada de su protagonista».