NARRADOR.— Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
NARRADOR.— Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible.
NARRADOR.— La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
NARRADOR.— Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
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«El fragmento seleccionado clausura magistralmente El almohadón de pluma (1917) de Horacio Quiroga, ofreciendo uno de los desenlaces más impactantes y celebrados de la narrativa breve hispanoamericana. A lo largo del relato, el autor ha conducido al lector a través de una atmósfera gótica opresiva, marcada por el silencio glacial de la casona conyugal y la inexplicable decadencia física de Alicia, diagnosticada inútilmente por médicos desconcertados. Es en este instante final donde se despliega con precisión quirúrgica el golpe de efecto propio de la preceptiva quiroguiana: al levantar la sirvienta el almohadón ensangrentado, el misterio se materializa en un repugnante parásito de aves que ha consumido la savia vital de la protagonista. La maestría del relato culmina en el magistral párrafo final, donde el narrador adopta un tono de fría objetividad científica y entomológica, despojando al horror de todo artificio melodramático. Con esta clausura implacable —que convierte la pesadilla doméstica en un hecho biológico verosímil y escalofriante—, Quiroga consagra su genio técnico y formula una metáfora universal sobre la fragilidad humana ante las fuerzas ciegas de la naturaleza».