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Ediciones Galatea
Cubierta de Cuentos selectos, de Horacio Quiroga, en Ediciones Galatea

BH-089

Cuentos selectos

Horacio Quiroga (1878–1937)

La selva no perdona: cuentos de amor, de locura y de muerte.

Notas
53
Estudio preliminar
3.519 palabras
Páginas
740
Época
Siglo XX
KindleeBook con notas enlazadas
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Tapa blanda13,97 × 21,59 cm · papel crema
19,95 € Comprar en Amazon

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Un fragmento tal como aparece en el libro. Las notas resuelven el vocabulario, la historia y las fuentes; pulsa un número para leer la nota entera.

Cuentos selectos El solitario

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarcesengarces Técnica de orfebrería consistente en montar y sujetar piedras preciosas en metal noble; metáfora quiroguiana de la minuciosa disciplina formal del cuentista, equiparada a la labor de un artesano paciente frente a la materia prima. delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido hábil —artista aun— carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su marido.

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya —¡y con cuánta pasión deseaba ella!— trabajaba de noche. Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía sus chispas de brillante. Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar la tarea del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida —debía partir, no era para ella— caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oír sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

—Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti —decía él al fin tristemente…

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco.

Esas cosas se repitieron tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. ¡Consolarla! ¿De qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad.

—¡Y eres un hombre, tú! —murmuraba.

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

—No eres feliz conmigo, María —expresaba al rato.

—¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo?… ¡No la última de las mujeres!… ¡Pobre diablo! —concluía con risa nerviosa, yéndose.

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados.

—Sí… ¡no es una diadema sorprendente!… ¿cuándo la hiciste?

—Desde el martes —mirábala él con descolorida ternura—; mientras dormías, de noche…

—¡Oh, podías haberte acostado! ¡Inmensos, los brillantes!

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y, apenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos:

—¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su mujer! Y tú… y tú… ¡ni un miserable vestido que ponerme tengo!

Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increíbles.

La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a la que sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la falta de un prendedor, cinco mil pesos en dos solitarios.solitarios Diamante o gema preciosa montada aisladamente en una alhaja; símbolo que cifra la incomunicación y el enclaustramiento conyugal de Kassim, prefigurando el sangriento crimen final. Buscó en sus cajones de nuevo.

  1. 1 L engarces Técnica de orfebrería consistente en montar y sujetar piedras preciosas en metal noble; metáfora quiroguiana de la…
  2. 2 L solitarios Diamante o gema preciosa montada aisladamente en una alhaja; símbolo que cifra la incomunicación y el…

Qué trae esta edición

Fijación filológica sobre las primeras ediciones librarias de Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), Cuentos de la selva (1918) y Los desterrados (1926), cotejadas con las entregas de prensa en Caras y Caretas.

  • Estudio preliminar de 3.519 palabras en cinco partes: transmisión del texto, autor y época, temas, forma y lengua.
  • 53 notas a pie de página: 18 de vocabulario, 15 de historia y costumbres, 5 sobre el texto y 15 sobre fuentes y ecos literarios.
  • Nota biográfica, criterios de edición y bibliografía actualizada en formato APA.
  • Cuaderno didáctico gratuito para clase y para preparar la PAU.

El cuaderno didáctico

Cuatro páginas con lo esencial de Cuentos selectos, preguntas de examen con pautas de respuesta y un comentario resuelto, para ESO, Bachillerato y la PAU. Gratis, en la web o en PDF para imprimir.

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