COVA.— ¡Oh selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde?
COVA.— Los pabellones de tus ramajes, como inmensa bóveda, están entre mi alma y el cielo, para que no vea la gloria de Dios...
COVA.— Tú eres la catedral de la pesadumbre, donde dioses desconocidos hablan a media voz, en el idioma de los murmullos, prometiendo longevidad a los árboles imponentes, contemporáneos del paraíso...
NARRADOR.— (Telegrama final del Ministro al Cónsul). Hace cinco meses que no se tienen noticias de Cova y sus compañeros. ¡Ni rastro de ellos!... ¡Los devoró la selva!
Leer el comentario modelo
«El fragmento seleccionado contiene uno de los pasajes más insignes de la literatura hispanoamericana del siglo XX: el monumental apóstrofe a la selva de Arturo Cova en La vorágine (1924) de José Eustasio Rivera, yuxtapuesto al célebre telegrama consular que clausura la novela. Al internarse en el corazón impenetrable de la Amazonía, el protagonista abandona la pose del dandi bogotano para verse empequeñecido ante un cosmos vegetal colosal e implacable. Mediante una sobrecogedora prosopopeya que personifica a la selva como “cárcel verde” y “catedral de la pesadumbre”, la prosa lírica de Rivera invierte los tópicos edénicos del paisaje americano: los ramajes inmensos no protegen al hombre, sino que actúan como bóveda opresiva que le oculta la gloria divina. La selva se erige en una deidad milenaria e indiferente que traga las pasiones humanas. Este arrebato verbal culmina en el contraste magistral con el lacónico telegrama del epílogo: tras tantas páginas de violencia, amor y combate, la peripecia de los fugitivos se cancela con un carpetazo fúnebre insuperable —“¡Los devoró la selva!”—, rubricando la derrota irremediable de la civilización letrada ante el poder ciego y devorador de la naturaleza».